Yo porque soy decente.

“No estaba mal la chava, ¿eh?” dijo mi conductor de Uber. En ese instante empecé a temblar. No. Yo no voy a hablar de feminismo. Voy a hablar de miedo. Del temor fundado que siento por el simple hecho de haber nacido mujer.

No me voy a desgastar en el feminismo como concepto para escuchar respuestas, tanto de hombres como de mujeres, del tipo “¿Cuál machismo? Si las mujeres trabajan”, “antes sí estaba cabrón, pero ya no". Yo hasta me cocino porque vivo solo”, “¿Qué? seguro tú eres de as feminazis esas que odian a los hombres porque son lesbianas o quedadas”. No es tiempo de entrar en el tema del nulo entendimiento de la causa feminista. Podría describirlo, pero hoy no.

Es tiempo de hablar de miedo. Yo transito en Uber - DiDi, taxi de sitio, llámale-como-quieras; tres, cinco o hasta siete veces al día.

Aprovecho el tiempo para hacer lo que tenga que hacer en el teléfono. Suelo ser siempre amable nuca inamable mientras el sol ilumina la capital mexicana. Pero me cacho, que ante el pánico nocturno me vuelo súper-extra-dúper-mega-amable. El coche de un extraño, mi vida suspendida en sus decisiones, en sus manos. Entro en un prudente “modo espanto”.

Fue una calurosa y desolada media noche de martes, cuando subí al auto del conductor al que no encontraba a pesar de que la aplicación marcaba su llegada. Yo le llamé varias veces, estaba de pie, esperando en una esquina oscura, que era la más iluminada. Él, no contestó. Noté que estaba de otro lado; caminé a toda prosa. Subí con la respiración entrecortada. “No tienes que azotarme la puerta” fue lo primero que dijo. Era un hombre joven. Me disculpé/justifiqué: “perdón, venía caminando rápido y como no nos encontrábamos ya estaba un poco nerviosa”.

Me dio una cátedra de cómo cerrar puertas de autos. Asentí en total sumisión a pesar de que yo, desde hace muchos años, abro y cierro puertas de coches en innumerables ocasiones. Pero okey. Mi modo súper-extra-dúper-mega-amable había entrado en vigor. El joven conductor aprovechó para hablarme de los peligros que abundan en las calles mexicanas. Me sermoneó sobre mi decisión de estar sola a esas horas. ¿Qué no estaba enterada de las muertes que ocurrían todos los días en la peligrosa ciudad? Estaba a tres kilómetros de mi casa.. Mi mundo había cambiado de un instante al otro, al modo híper-alerta. ¿Qué podía salir mal? Una cosa, luego la otra y después todo. Todo podía acabar mal. Muy mal.

“Estaba manejando por Coapa, y vi que una mujer corría, un hombre la perseguía. Me detuve y la levanté. Iba cercas, la llevé a su casa. Pero si le dije que no mancara, que no podía estar en falda caminando a esas horas. Yo porque soy decente. Pero te juro que no estaba mal la chava, ¿eh?”. Acabó su pequeño discurso y yo ya tenia toda la pie recogida en una de mis manos. La mano que cargaba el celular.

Necesitaba compartir mi viaje con alguien, o cerciorarme de estar lista para una llamada de emergencia. Siempre que e siento así me pregunto una cosa, bueno, dos. Si desapareciera, ¿Quién sería el primero en notar mi ausencia?, ¿Cuánto tiempo pasaría? La angustia total me absorbe tan solo con pensarlo.

Cuando camino, o el trayecto depende de mi, normalmente confío en mis piernas e intuición para sacarme de los posibles pequeños peligros que ocurren día a día. Cuando estoy a la merced de un hombre al volante, siento que mi vida pende de su autoestima y de sus traumas; entonces soy impotente, vulnerable, inepta. Como si no supiera cuidarme. Por eso mi protección es la mega-amabilidad. Trato de enterarme de sus historias. Sobre todo, si tienen hijos, si tienen hijas; me da la impresión que esa conversación es suavizante natural.

Pero ese joven conductor se creía héroe. Siguió: “Una noche, llevé a su casa a una chavita que sí se pasó de copas y andaba durmiendo todo el camino. Yo porque soy muy decente… cuando la dejé a tuve que despertar y hasta la regañé que no podía tomar así porque otros hombres no son tan decentes como yo”, dijo el hombre que me estaba llevando a mi casa. Genio y figura. Un kilómetro y medio más. No discutí todo lo agresivo que me parecía lo que contaba. Yo repetía una y otra vez “ahá”, “sí”, “qué mal” en ese orden, porque estaba muerta de miedo. Yo, una obediente hijita del patriarcado dándole la razón a un hombre, simplemente porque mi integridad y existencia estaban comprometidas. Yo, duplicando mis “ahá”, “sí”, “qué mal” en ese orden, sin expresar lo patético y misógino que este hombre me parecía. solo por miedo. Qué enorme poder tiene en mí el miedo. La frecuencia vibratoria más baja de la tierra.

Obvio me se proteger: me envuelvo en siete esferas de diferentes colores, llamo a mis ángeles, guías, maestros ascendidos, a todo el ejército energético que conozco, Les pido ayuda para no engancharme al pavor que en estas ocasiones siento. Pero mi cuerpo me traiciona, mi corazón va del parabrisas al asiento trasero a 300 km/hr. Genio y figura, dejó de seguir la ruta hacia mi casa.

“No estaba mal la chava” retumbó en mis oídos. ¿Qué pensará de mí? Me cubrí el cuerpo con la bolsa para encontrar un gigantesco problema: yo-vestía-una-falda-cortísima. ¿Era mi sentencia? Ay, ¿cómo me atrevo? ¡Una falda! ¿A quién en sus santos cabales se le ocurre usar una prenda tan provocativa? Me traté de tranquilizar; o sea, ya me lo dijo dos veces, es-un-hombre-decente. Otros, pues, qué le vamos a hacer, son hombres y tienen necesidades, pero él, genio y figura, tiene un enorme control de sí mismo.

La mano que sostenía el celular, con toda la piel de mi cuerpo recubriéndolo se quedó pasmada, congelada. La posible llamada de emergencia me parecía un acto de extrema concentración que en ese momento no poseía. Me encargué de que mi voz no expulsara ni una sola nota de miedo. “Oye, ahorita me sigues contando pero mejor vete por allá”. dije. “Bueno, es que quería evitar el semáforo, hay mucho asalto por ahí” contestó el héroe nacional. Le pedí con toda calma que regresara a la ruta. Lo hizo. Mi cuerpo, contraído de cabeza a los pies. 800 metros para llegar.

¿Cómo me atreví a salir de noche? Sola. Soy una irresponsable. ¿Que no veo cómo están las cosas? Todo el camino le hice ver mi total sobriedad, mis sentidos alerta. ¿Servía de algo? Claro que había tomado una o dos copas de vino, pero él no era alcoholímetro, y yo podía pretender que jamás en mi vida he bebido. 200 metros y estaría sana y sala. Él seguía contando hazañas de su presunta honorabilidad. Yo, contesté en mi loop de monosílabos en modo súper-extra-dúper-mega-amable. Me doy un poquito de asco, qué horror ¿Quién soy? Pues… una mujer sola con un hombre pasada la medianoche, eso ya es suficiente vulnerabilidad, luego vestida con falda corta. Después, en manos de un machito que se cree feminista. Yo solo trataba de proteger mi vida. Y cualquier artimaña vale.

Llegué a casa y respiré profundo. Obvio lo reporté por el cambio de ruta, de lo otro, no había nada de qué acusarlo. ¿De ser el príncipe rescatador que no había violado y matado a sus princesas? Nadie lo entendería… porque es un hombre decente.

Nunca me he disculpado con los verdaderos hombres buenos que me han llevado, y a pesar de todo, solo por ser hombres, me he sentido vulnerable. A todos les he tenido miedo por igual. Hasta que demuestran que no me van a dañar. Me da vergüenza ser así. Tampoco he pedido perdón a quienes transitan la misma acera y yo, instintivamente, me cambio a la otra. Sólo por ser hombres. Porque hoy, yo no vine a hablar de feminismo, ni de machismo. Vine a decir, que yo aquí, ante comentarios como los del genio y figura de esta historia, yo vivo apanicada. Tres, cinco y hasta siete veces al día. Demasiado tiempo invertido en vivir muerta de miedo.

RevelacionesTeresa Zaga-Cohen