Atracción por percepción energética.

La atracción sexual es un tema inconmesurable. A lo largo de siglos ha sido estudiada por diferentes disciplinas científicas, académicas, espirituales, poéticas y místicas que han intentado desarticularla para siempre llegar a conclusiones que pecan de cortas. Sería muy simple llegar a respuestas reduccionistas que indiquen que la atracción es un imperativo evolutivo para la propagación de nuestra especie, pues hay tantos factores indeterminados que nos generan magnetismos indescifrables entre nosotros, los humanos, seres de una suma complejidad con el eterno desafío de superar nuestros impulsos más básicos.

Para fines de este ensayo, podemos empezar por dar una premisa, la atracción sexual es casi siempre reproductiva, no precisamente para concebir un nuevo ser humano; pero sí para concebir nuevos seres mentales, nuevas conexiones neuronales, nuevos estados emocionales y nuevas conexiones humanas. El sexo es lo que une a dos y hace un otro, es un fractal cósmico del Big Bang en el que la fusión de dos elementos con propiedades emergentes siempre crearán un nuevo.

Bajo esta premisa, navegamos en el mundo buscando conexiones por un llamado natural, un llamado cósmico. A partir de nuestro despertar sexual, avanzamos a través de la neblina del inconsciente y desde nuestra imberbe lujuria estética encontramos: ojos, labios, siluetas, torsos y piernas que van creando modelos de lo que consideramos belleza. Todos esos moldes se cristalizan mentalmente para luego ser rotos por la siguiente aparición que encontremos atractiva.

Esta dura enseñanza nos abre un caudal de posibilidades, va afinando nuestro sentido de apreciación y por ende abre un abanico de parejas potenciales. El doble filo de éste precioso momento es que inicia un eterno motor de fantasías. El sexo casi nunca puede extirparse de la fantasía y de toda una carga de procesos mentales que en la más profunda intimidad de los cuerpos entrelazados parecen también compartirse.

En nuestra era, en la que cada vez es más fácil acceder a la promiscuidad, el sexo parece ser un derecho. Pero aunque tener interacciones sexuales sea relativamente fácil, quizás debido a un factor mental y espiritual, hacerlo no necesariamente nos produce el bienestar ansiado. Coger, es escoger, lo cual significa saber percibir la compatibilidad con una persona para que el encuentro tenga un potencial benéfico para ambas partes. La sociedad y la cultura hacen que para muchos la sexualidad este disociada de su propia realidad, incesantemente devorada de una fantasía inalcanzable e insaciable, promueve la disociación de nuestro propio cuerpo, que es el vehículo tanto del éxtasis sexual como del éxtasis místico. La sexualidad como expresión consciente sólo puede ser alcanzada a través de una cierta compatibilidad, de una cierta disciplina, de una cierta pureza e incluso refinación energética.

Los seres humanos contamos con un campo bioenergético el cual se ve interferido por el contacto físico y el flujo de las emociones. Se abre una puerta difícil de cerrar si creemos en que la energía existe como un cuerpo sutil, un encuentro sexual se puede convertir en el máximo escenario de intercambio de energía al cual podemos acceder, y de su aprovechamiento depende la elección de la persona adecuada.

El ejercicio de la percepción abre la posibilidad de llevar a cabo una selección sexual, de la misma manera que la evolución lleva a cabo una selección natural de lo más apto. Al saber reconocer las vibraciones de una persona, que en la mayoría de los casos sucede de manera intuitiva, podemos cortar con un hacha el filtro de la mera atracción física para establecer una conexión de mayor profundidad. Si no suscribimos en el campo abierto de la bioenergía, pero comulgamos con la teoría de la epigenética, que sostiene que existe una transmisión de información genética que proviene del medio ambiente y de las experiencias que vivimos, lo hace un menester procurar la atención consciente en nuestra selección sexual. Esta misma interacción tiene una manifestación química pues en el mundo de la bioquímica, la diversidad reina. Nuestro cuerpo, consciente o inconsciente, se encuentra realizando perennemente una selección de apareamiento considerando diversos factores ajenos al atractivo físico, que van desde el intercambio de hormonas fragantes, hasta el bloqueo crónico de las respuestas instintivas, y estas señales generalmente se convierten en un ruido cognitivo que no logra articular la claridad erótica del impulso natural, propia de los ritmos orgánicos.

El encuentro con experiencias simbióticas más elevadas requiere de compatibilidad de frecuencias y de un agudo auto-conocimiento, además de una amplia lustración de nuestro vehículo de percepción, pues tener sexo es de alguna forma unirnos a la persona con la que tenemos sexo.

EnergíaBen Malik