Cuando la presa se vuelve tigre.

¿Ubicas cuando ves a alguien e inmediatamente sientes algo? ¿Ubicas cuando es una persona que jamás te gustaría, pero por alguna razón tu cuerpo te grita que te acerques?

Eso me pasó contigo.

Estábamos en un lugar al que nunca había ido, viviendo cosas que nunca había vivido. No sé si fue la vulnerabilidad, la confusión, cómo te aprovechabas de tu situación de poder en el escenario haciendo que esas cuatro chicas te bailaran una a una, no sé si fue cómo caminabas como si el lugar te perteneciera o si simplemente el vodka estaba jugando con mi cabeza. No sé. Lo que sí sé es que en cuanto te vi no pude callar esas voces que hablaban desde lo más básico de mis instintos diciéndome “Ve, lo necesitas”

  No eres mi tipo y probablemente en una situación normal no me hubiera fijado en ti pero la vida quiso ponerte ese halo de tigre justo cuando más presa me sentía. Te sentaste cerca, nos miramos y sentí la adrenalina corriendo dentro de mi, esa punzada en la boca del estomago que te dice “corre, te van a cazar”. Puse mi mejor cara de leona para que no notaras mi miedo, sonreí coquetamente, miré hacia abajo y miré lejos. ¿Ahora qué? Respiré, estaba nerviosa, nunca había hecho algo así. “No hiciste nada” me dijiste después. Pero el hecho de demostrarle abiertamente a un depredador que quieres ser su presa era algo completamente nuevo y excitante para mi.

  Llegaron personas del piso de abajo a sentarse a lado de mi en el sillón, me moví ya que eran muchos y atacaste, antes de que lo notara ya tenías mi trago en una mano y mi mano en la otra “estás muy apretada aquí, ven” y sin preguntar me llevaste a tu sillón. Bien, me gusta que me den ordenes.

  Platicamos un rato, me preguntabas cosas y yo sentía como dentro de tus cuestionamientos iban ocultas pruebas, tus preguntas nunca iban dirigidas hacia donde parecían. Te gustaban mis respuestas y eso me gustaba aún más. Platicamos, platicamos y platicamos, el cazador ya no quería comerse a a presa, ahora quería conocerla. Curioso, ¿no?

 Me sentía cómoda y en control, de un momento a otro dejé de sentirme presa y empecé a volverme fuerte, un predador en igualdad de condiciones y así estuvimos horas, tirándonos zarpazos sutiles con nuestros comentarios, para ver quién podía más. Libramos esta batalla sin siquiera tocarnos y hasta la fecha no estoy segura quién gano, pero creo que de algún modo los dos nos llevamos lo que deseábamos. Terminaste la batalla diciéndome que tú me llevarías a mi casa. ¿Mencioné ya que me gusta que me den ordenes?

 Llegamos a mi casa y te invité a pasar, ahora eras tú el que estaba entrando a territorio desconocido. Ninguno de los dos sabía que hacer y estábamos ambos borrachos y confundidos. Apagaste la luz y me empezaste a desvestir sin lujuria, me desvestías para ponerme la pijama con más ganas de cuidarme que de apoderarte de mi, algo completamente nuevo en mi vida. Nos abrazamos en la oscuridad un momento, inundándonos de algo que no podemos nombrar pero que hasta la fecha nos persigue.

 Nos dimos besos en mi cama, besos extraños pero sorprendentemente agradables, nos abrazábamos volviendo todo sorprendentemente familiar y luego te fuiste. 5:30 de la mañana, no sé si nos asustó la inminente intimidad o si fue el miedo al sol, pero me dejaste aquí, borracha, desmaquillada, en pijama y con el alma llena de preguntas.

Roxy Spiders

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