Me pego a mí

Me pego a mí, la carne a los músculos, los músculos a los huesos, los huesos a los órganos, los órganos a lo infinito interior. Me pego a mí como si dentro tuviera una aspiradora que succiona todo el contenido hasta las profundidades a veces negras, a veces del color del oro donde ya no hay marcha atrás, donde no hay extensión hacia fuera más que para reflejar lo mío en lo otro.

        Me incrusto a la piel que en ocasiones me odia, que se vuelve resbaladilla para todas las relaciones que ya no tienen más hilo para entrelazarse; deslizan frente a mi nariz cariños ancestrales que en el ahora no pueden tomarse de la mano, no pueden recorrer el mundo juntos porque los caminos han bifurcado. Me niego a ir hacia atrás, me niego a inflamarme para articular con teatro y pretensión un lenguaje que ya no es el mío. Me niego a escribir palabras más sencillas para que me entiendan los que nunca han podido o querido entenderme; me niego a dar explicaciones que suenen lógicas para convencer al mundo convencional que pertenezco a la normalidad. Me niego a despegarme de mí para ir en busca de otro que nunca ha estado allí.

        Me encajo en mí, hay muchas “emes” hay muchos “mis” hay muchos “yos”, lo sé. Es solamente desde esta narrativa donde puedo convivir y tomar un smoothie con las “emes”, “mis” y “yos” que son tuyos, si los haces tuyos, si te pegas a ti y a tus huesos.

        Hay una montaña de distracciones para no hacerlo, hay un millón de excusas, quiero ver más posts de recetas deliciosas que jamás como, quiero ver qué están haciendo, dónde están viajando y qué estárá pensando el millar de “amigos” que tengo en Facebook, quiero stalkear a alguien pero se me olvidó a quien y quiero recordarlo solo porque necesito evadirme, porque pegarme a los músculos duele, duele porque aísla. ¿Estoy yendo demasiado lejos? ¿Estoy yendo demasiado adentro? Sin anestesia, sin azúcar, ni café, sin gluten, grasa hidrogenada o alcohol, sin drogas de ningún tipo, sin doctor ni chamán.

        Quiero una dona y después me voy para adentro, quiero un whisky y después me recluyo, quiero más tiempo para perder en internet antes de ver resbalar relaciones que no aportan, que más bien estorban, que le causan una tremenda hinchazón a mi cuerpo y a mis sentidos.

        Lo que quiero es realmente comer una dona y dejar de ser tan intensa. Cuánto me encantaría, sería tanto más fácil acampar en una nube de ignorancia que estar con las antenas tan erectas que no puedo desprenderme de mí, que ya no encuentro el camino que rebobine el estado de conciencia hacia atrás.

        Saciaré el antojo de una dona llena de azúcar y de carbohidratos, llena de aceites que ofenden todo lo bueno que ingiero; una dona que tenga la fuerza de inflamarme para pertenecer, pero esta vez no; masticaré una masa de grasa hidrogenada mientras me pego a mí, la carne a los músculos, los músculos a los huesos, los huesos a los órganos, los órganos a lo infinito interior. Y quien quiera compartir esta dona embarrada de la totalidad de mí, bienvenido sea, y quien no, pues hay mucha grasa, vegetal y corporal, que está resbalando fuera de mí.

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