Las causas principales del divorcio

Es una realidad, cada vez más aumentan las tasas de divorcio alrededor del mundo y hemos hablado de esto en otro artículo. Lo que muchas y muchos se preguntan es ¿Y por qué cada vez hay más parejas separándose?

Hay muchas causas a las cuales atribuir esta ruptura entre dos personas que en algún momento se tuvieron el cariño y amor suficientes para prometerse la vida entera. Una de las principales es la más obvia: Falta de atención y comunicación. Cuando algo es certero y seguro, tendemos a dejar de cuidarlo. Lo mismo sucede con un árbol que se riega frecuentemente cuando es apenas una plántula. Una vez que crece, pareciera ya no depender del cuidado de quien lo siembra, y a veces se ignora por completo. Lo mismo sucede con muchos matrimonios. Se pierde la voluntad de mantener la relación viva, ya sea por trabajo, por el tiempo dedicado a los hijos, al hogar, o algún proyecto personal. Olvidamos que la relación en sí también es un proyecto colectivo que debe ser atendido y regado cada día. Ser atento al otro es mantener la comunicación abierta y honesta, procurar los detalles, las muestras de afecto, y saber que cada individuo pasa por momentos difíciles en la vida y es cuando más se requiere de acompañamiento aunque parezca imposible soportar una actitud o etapa. Esto claramente es mucho más complicado hacerlo que decirlo o pensarlo.

Otras causas que pudieran ser principales o derivadas de la anterior son la falta de dinero o de los bienes necesarios para vivir en comodidad. Aquí depende de las necesidades de cada uno y de lo que requiere para sentirse estable. Para muchos un techo y comida son necesarios, y hay quienes usan el matrimonio como manera de manutención y cumplimiento de caprichos. Lo cierto es que cuando se quiere tener un estándar de vida y este no llega, el amor se va degradando hasta pasar a segundo plano.

Lo que separa a muchas parejas es la falta de respeto que puede desembocar hasta en violencia o represión constantes. La cordialidad y la escucha son herramientas invaluables para tener una relación sana de cualquier tipo. El no considerar al otro como individuo con sus propios gustos, necesidades, amistades, y preferencias puede llevar a imponer posturas morales, sociales o de vivienda que acaban por sofocar a la pareja. En caso de pasar demasiado tiempo juntos, es necesario dar espacios para que cada uno disfrute de tiempo a solas o de aquello que le gusta y al otro no. Cuando una pareja se fusiona como un ente único, puede existir un vacío de uno mismo que algunos consideran como la pérdida de la personalidad propia, y esto puede llevar a la depresión y la separación.

Otra causa y a veces la más común es la falta de intimidad. Una vida sexual plena es primordial para que una relación sea duradera. Aun existiendo personas con poco líbido y necesidades sexuales reducidas, la realidad es que el tacto, la caricia y la expresión sexual se necesitan para mantener un lazo fuerte. Cuando se descuida esta área, suelen aparecer frustraciones que invitan a la infidelidad, lo que comúnmente acaba por separar a una pareja aún más. Los celos y la falta de confianza abren puerta al coraje y hasta odio. Nadie quiere estar donde no se le aprecia.

En el caso de los matrimonios jóvenes, suele suceder que se casan con con poco auto-conocimiento, y por ende no saben lo que quieren de la vida y lo que valoran en otras personas. Esto es peligroso porque rápidamente caen en una decepción. También es importante considerar la falta de autoestima, que lleva a la posesión y dependencia extremas, lo que acaba por exasperar a la pareja que busca liberarse del constante control y apego excesivo.

Al final descubrimos que conocerse a uno mismo y al otro antes de tomar una decisión de este tipo es importantísimo. Esto abarca no solo los gustos y preferencias, también las tendencias emocionales, las necesidades sexuales, económicas, sociales, etc. La madurez personal determina en muchas ocasiones la capacidad de comunicarse clara y abiertamente y de no crear una dependencia ni un control sobre la pareja. Tal vez valga la pena pensar dos, o diez, o cien veces la decisión antes de pedir mano o dar el sí.

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